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Cómics y bibliotecas

Algo que usted no sabía, y seguramente le daba igual saber o no, sobre los profesionales del Tebeo(*).

(*) Texto aparecido en el catálogo de la exposición "Tebeos. Los primeros 100 años" celebrada en la Biblioteca Nacional durante el año 1996. Tebeos. Los primeros 100 años. Madrid: Biblioteca Nacional, 1996. Reproducido bajo autorización previa del autor.

Carlos Giménez (Madrid, 1941) es el autor más importante de la historieta española de las tres últimas décadas. Cronista de la transición política en la trilogía España Una, España Grande y España Libre (1976-1977), y autor del mejor retrato interior del mundo del cómic español en la serie Los profesionales. Asimismo, es el máximo exponente del tebeo auobiográfico con la serie Paracuellos y en obras como Barrio o Rambla arribla, Rambla abajo. Además ha realizado, a lo largo de su dilatada carrera, cómics de diversos como Dani Futuro, Delta 99, Hom, Koolau el leproso, Érase una vez en el espacio, la serie Sexo y chapuza o, más recientemente, Cuentos del 2000 y pico. En el año 2000 ganó los premios al Mejor Guión y a la Mejor obra del año por Paracuellos 3 en el Saló del Cómic de Barcelona. En el 2002 se le otorgó el Premio Yellow Kid por toda una vida dedicada a la historieta. Asimismo cabe destacar que en diciembre de 2003 le fue concedida la medalla al Mérito en las Bellas Artes, en su categoría de oro. El reconocimiento fue otorgado por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte a la labor de toda una vida.

Texto de presentación extraído de la contraportada de los cómics publicados en España por la Editorial Glènat.

Hace cien años, un tal Outcault, humorista gráfico que hacía chistes en un periódico de U.S.A., se le ocurrió encerrar el texto de lo que hablaba su personaje, un niño chino llamado The Yellow Kid, en una especie de saquito con un rabito puntiagudo, y dijo: "¡Eureka, he inventado el bocadillo!". No sabía el buen señor que el bocadillo ya estaba inventado, se llamaba filacteria y se venía usando en la pintura y en los libros ilustrados desde los tiempos de Maricastaña.

Pero no teman, yo no les voy a hablar de los cien años del cómic, ni de semiótica ni de sociología de la historia. Yo, con permiso de ustedes, les voy a contar cómo eran hace treinta años las personas que escribían y dibujaban las historietas: los profesionales del tebeo. No puede decirse - por lo menos en este país nuestro - que la profesión de dibujante o guionista de tebeos sea algo que esté excesivamente valorado, o que goce de una consideración o respeto envidiables. Más bien no. Les juro que no. Pero, aun así y todo, alguno de estos profesionales sale fugazmente en la televisión, es entrevistado en la radio o se hace una reseña de su último álbum en algún periódico o revista. Ya es algo. Se agradece. Y entonces, en esa imagen fugaz de televisión o en esa foto de periódico o revista, le vemos, al profesional, en su estudio, sentado en su tablero de dibujo si es dibujante, o a los mandos de su ordenador si es guionista, y vemos que a su alrededor hay abundantes libros, vídeos, revistas... etc. Es la documentación. Y es que para hacer una historieta, para contar con una historia de dibujos, se necesita mucha documentación. Yo diría que tanta como para hacer una película.

En la actualidad, el autor de tebeos suele tener esa documentación. Y si no la tiene, la busca, sabe buscarla, sabe dónde encontrarla, la encuentra, la utiliza, se documenta. Da gusto ver una historieta bien documentada. Pero no siempre ha sido así. No siempre estos profesionales han tenido estudio; no siempre el dibujante ha tenido tablero; no siempre el guionista ha tenido máquina de escribir. Créanselo. Nuestros comienzos, los comienzos de los que hoy somos guionistas o dibujantes de tebeos, los de mi generación, fueron precarios. Y sálvese el que pueda. No teníamos nada. Carecíamos, no solamente de documentación, sino también de herramientas y de sitio. Unos más, otros menos, las herramientas de un dibujante se resumían en: lápiz, pluma y pincel - uno de cada -, goma de borrar y hoja de afeitar también llamada "aguillé".

Y la documentación, si es que puede llamarse así, se reducía a una simple carpeta de aquellas marrones con gomas, con unas cuantas hojas de revistas - Post, Colliers...- compradas en el Rastro y media docena de tebeos de la editorial Dolar, preferentemente Rip Kirby. Y ya está. El tablero de dibujo (y el flexo a veces) lo ponía la agencia o editorial en la que se trabajaba.

Cualquier recurso es válido para documentarse

Los guionistas no lo tenían mejor, ya que debían enfrentarse a una dura competencia. Todo el que tenía o manejaba una máquina de escribir se consideraba guionista. Y era completamente normal que los guiones de las editoriales y agencias los escribieran las mismas personas que trabajaban en las oficina escribiendo cartas comerciales y llevando la contabilidad. Por todo esto se daban las situaciones que se daban, salían los guiones que salían y se dibujaban las cosas que se dibujaban.

Les contaré algunas anécdotas.

En cierta ocasión, éste que les habla tuvo que ilustrar un guión escrito precisamente por uno de estos espontáneos de la máquina de escribir. Era un tema de Oeste, un western, que se decía. De la serie Gringo, serie con la que servidor de sus primeros y tímidos pasos. Transcurría la acción en un pueblito mexicano de la frontera, en pleno desierto de escorpiones y serpientes de cascabel. Era Nochebuena y a los mexicanitos, para celebrar el nacimiento del niño Dios, no se le había ocurrido otra cosa - en el guión - que levantar en la plaza del pueblito un gigantesco abeto de Navidad. Aquello a mí me parecía una barbaridad. ¿De dónde iban a sacar los peladitos de aquel pueblito del desierto un abeto, que es un árbol del norte?

Sin encomendarme ni a Dios ni al diablo, lo cambié y dibujé en su lugar a los mexicanitos tocando la pandereta y la zambomba y cantando lo de "saca la bota, María". Y me quedé tan ancho.

En otra ocasión, un dibujante - no me miren, esta vez no fui yo - tenía que ilustrar, también para una historieta del Oeste, una escena que se desarrollaba en un vagón de tren donde un telegrafista manipulaba el aparato de transmitir morse. Y el pobre dibujante no tenía documentación. Era lastimoso verle ir de tablero en tablero preguntando a sus compañeros: "Tienes documentación de vagón de tren con aparato de transmitir morse?"

Por fin, otro dibujante con más conocimientos, movido por compasión, le echó una mano: "Mira, yo no tengo documentación de eso, pero sé, más o menos, cómo es ese aparato. Si quieres te lo explico. Es así, tiene un chisme así, en forma de palanca, que abre y cierra un circuito eléctrico mediante el cual..."

Total, que el dibujante con más conocimientos le dibujó en un papel algo aproximado a lo que pudiera haber sido un manipulador de morse. El otro quedó encantado y usando el boceto como documentación se puso a tabajar en su viñeta. Pero nadie mencionó el tamaño del aparato en cuestión. El dibujo terminado mostraba un vagón de tren. Encima de este vagón, ocupando todo el techo de un extremo a otro, se encontraba un gigantesco aparato de treinta metros de largo que recordaba lejanamente a un transmisor de morse. En todo lo alto del imposible artilugio, un telegrafista, en comparación liliputiense, hacía esfuerzos incomprensibles e inútiles por bajar una ciclópea palanca veinte veces mas grande que él.

Ver anécdota completa.

Hay guionistas que no tienen muy claro lo que puede dibujarse o no en una viñeta. En cierta ocasión, uno de éstos, que además presumía de muy profesional, escribió un guión que empezaba más o menos así:

Viñeta 1) Panorámica. Desierto de Arizona, cactos, escorpiones, sol... Vemos a Johnny cabalgando con aspecto cansado. A lo lejos se divisa un pueblo típico del Oeste. Johnny se dirige hacia él. Entra en el puelo. Recorre la calle principal hasta llegar al SALOON. Allí se detiene su montura, descabalga y ata el caballo a un poste. Entra en el local, se acerca a la barra y con gesto hosco pide de beber.

JOHNNY. - Whisky.

CAMARERO.- Parece que viene usted de muy lejos, forastero.

Todo, en una sola viñeta.

Un amigo mío, un excelente dibujante por cierto, tenía la costumbre de dibujar mientras escuchaba los partidos de fútbol, prestando más atención a la radio que a la página. Estaba mi amigo un día ilustrando un guión de ciencia ficción en el que la nave de los científicos de la FEG (Federación Ecológica Galáctica) era absorbida por un agujero negro. Los sabios hacían todo lo posible por evitar la catástrofe, pero era inútil. Cuando el final era irremediable, decidían morir con dignidad. La viñeta a ilustrar decía más o menos así:

Viñeta X) Gran dibujo. Plano de la tripulación de la nave, hombres y mujeres de diferentes edades y razas. Se han puesto de pie y se han cogido de la mano. Saben que van a morir. Serios, serenos, conteniendo la emoción, cantan el bello himno de la Federación.

Un cante antes de morir

Mi buen amigo dibujó una serie de tipos alegres y divertidos, cantando a grito pelado, con la boca ladeada como los buenos cantaores de flamenco, dando palmas unos y otros, doblándolas, en lo que podía haber sido una juerga flamenca de borrachos. Cuando, asombrado, le pregunté: "¿Cómo has dibujado esto así? ¡Se supone que esta gente va a morir!", él me contestó: "El guión dice que tienen que estar cantando. Yo dibujo lo que me dice el guionista - y añadió cargado de razón -: yo no he visto a nadie que cuando se está muriendo le dé por cantar".

Otro amigo mío, guionista y muy guionista, el hombre que conozco yo que más haya amado esta profesión, escribió un día la siguiente viñeta:

Viñeta X) Vemos cómo Robert se cae.

Texto: Robert se cayó.

ROBERT.- ¡Que me caigo!

MARGARETH.- ¡Que te caes!

SRA. SMITH.- ¡Que se cae!

Conocí a un guionista que, junto con el guión te proporcionaba la documentación. Daba gusto con él. Escribía, por ejemplo:

Viñeta tal) Primer plano de mano abriendo una caja fuerte. (Adjunto documentación).

Y te adjuntaba, recortada y pegada sobre el mismo guión, la viñeta del cómic book norteamericano (primer plano de mano abriendo una caja fuerte) de donde él había copiado el guión para que tú copiaras también el dibujo. ¡Esto es ser compañero y ser un amigo!

Recuerdo un guionista que escribía principios de guiones que luego no sabía cómo continuar.

- Tengo dieciseis guiones empezados y no sé cómo continuarlos. Estoy atascado. Dame una idea. ¿Te los leo? Me los leía. Guión número uno:

TÍTULO: Lluvia y balas.

Viñeta 1) Vemos a un vaquero montado en su caballo entrando en un pueblo del Oeste. Llueve a cántaros.

Texto: Era una tarde lluviosa aquella en la que Fred Reeves llegó a Dodge City.

- Sólo tengo escrito hasta aquí. Te voy a leer otro.

TÍTULO: Sangre bajo el sol.

Viñeta 1) Vemos a un vaquero montado en su caballo saliendo de un pueblo del Oeste. Hace mucho sol.

Texto: Hacía un sol de justicia la tarde que James Cooper abandonó Kansas City.

- Te leo otro.

TÍTULO: Muerte y niebla.

Viñeta 1) Vemos a un vaquero a caballo llegando a un pueblo del Oeste. Niebla.

Texto: Hacía una niebla horrible la tarde que Alan Carvey puso sus pies en Silver City.

Otro: Viento de venganza.

Vaquero a caballo saliendo de un pueblo. Viento huracanado.

Texto Hacía un viento huracanado la tarde que...

Todos los guiones, los dieciséis, empezaban igual. ¡Sólo cambiaba la meterología!

Había un dibujante genial, tan admirado por unos como odiado por otros, al que no tuve el privilegio de conocer. Era un hombre tan informal como brillante. Nunca le echaban de la editorial porque era genial, y a los genios se les aguanta todo. Entregaba los trabajos con retraso. Había que perseguirle. Sólo aparecía por la editorial para pedir dinero adelantado. Pero hete aquí un día se presentó en la editorial con un montón de páginas dibujadas. Por lo menos cincuenta. Contó que había estado trabajando mucho porque necesitaba dinero para no sé qué... "Y aquí están las páginas, en este paquete. Cuéntalas". Y sacó un voluminoso paquete y lo abrió por un extremo para que asomaran las páginas y pudieran ser contadas. Y el contable las contó y las pagó. Y el dibujante admirado por unos y odiado por otros cogió el dinero y se marchó.

Cuando poco después, en la editorial abrieron del todo el paquete, encontraron que, del gran montón de páginas, sólo estaba dibujada la primera. Las cinco siguientes tenían hecha solamente la primera viñeta, la de la esquina por donde se habían contado. Las demás ni siquiera eso.

A este hombre yo siempre le admiré. Los contables siempre le odiaron.

En aquellos ya lejanos tiempos conocí muy bien a un dibujante que era cleptómano. A este hombre le gustaban tanto las imágenes ajenas, las hechas por otros, que no solamente sus dibujos estaban plagados de plagios, sino que en cuanto te descuidabas te birlaba un tebeo o un libro. Era superior a sus fuerzas. Cuando veía un dibujo que le gustaba, nacía en él la imperiosa necesidad de poseerlo, de plagiarlo, de hacerlo suyo. En cierta ocasión, en la editorial en la que colaboraba coincidió con un gran portadista. El dibujante cleptómano había ido a entregar una historieta, y el gran portadista entregaba tres portadas. Se pusieron a charlar mientras esperaban al jefe.

- A ver, qué historieta has hecho ..., ¡Uy, qué bonita!

- A ver qué portadas traes ... ¡Uy, qué preciosas!

Al rato llegó el jefe.

- Hola.

- Hola.

- ¿Qué hay?

- Aquí, estas páginas.

- Dile al contable que te haga el talón. ¿Y tú?

- Yo, estas portadas.

- Ponlas ahí.

- Bueno, yo me voy.

- Adiós.

- Adiós.

Conque el dibujante cleptómano se marchó. No habían transcurrido dos minutos cuando el jefe se puso a ver las portadas.

- A ver estas portadas tan maravillosas.

Las portadas no aparecían por ninguna parte.

- ¡Pero si las dejé ahí!

- Seguro que se las ha llevado Fulano. ¡Baja corriendo a ver si le pillas!

Bajó el gran portadista las escaleras de cuatro en cuatro y alcanzó al cleptómano cuando salía del portal. Llevaba las tres portadas escondidas debajo de la gabardina.

- ¡Eh tú! ¡Mis portadas!

- ¿Qué portadas? ¡Ah! ¿éstas? ... ¡Anda! ¿Quién ha puesto estas portadas debajo de mi gabardina?

Hubo un guionista que describió una escena en la que el protagonista se perdía en plena montaña, en medio de una terrible tormenta de nieve, y era sorprendido por un oso blanco con el que luchaba encarnizadamente. Hay que decir que la montaña en cuestión era el Mont Blanc. Para más inri, había escrito un texto que decía: "Grande fue la sorpresa de Flanagan al encontrarse con el gigantesco plantígrado".

A nadie le extraña que se sorprendiera el tal Flanagan. Y tanto. Un oso polar en Suiza no se ve todos los días.

Hubo otro que escribió una secuencia de veintidós viñetas, todas seguidas, en las que dos personajes, nadando debajo del agua, hablaban y hablaban sin parar.

- Vigila tú por ese lado, Latimer, y si viene algún tiburón, me das un grito.

- Okey, Mortimer. Pero démonos prisa. No podemos estar mucho rato debajo del agua sin respirar: nuestros pulmones no lo soportarían.

Obsérvese cómo el segundo personaje aporta el toque científico.

Hubo un dibujante, con veinte años de profesión sobre sus doloridos riñones, que un buen día, de pronto, preguntó a su guionista de toda la vida:

- ¿Quién es ese personaje, Escorzo, que sale tan a menudo en los guiones?

Es conocido el caso del dibujante que recorría la agencia, yendo de tablero en tablero, preguntando a los compañeros:

¿Tienes documentación de arrugas de sargento?

Hubo quien dibujó un trirreme con una sola fila de remos. Y quien dibujó una cuadriga tirada solamente por dos caballos.

Miren ésta: un dibujante tuvo que ilustrar, para una historieta de ciencia ficción, una escena en la que tres astronautas, vestidos con sus típicas escafandras en forma de pocera y enfundados en sus trajes especiales espaciales, quedaban abandonados a su suerte en un asteroide, una especia de gran roca a la deriva por el espacio infinito. Allí tenían que esperar a ver si alguien tenía a bien rescatarlos. Este dibujante sabía, lo había leído, - era un hombre instruido - que en el espacio interestelar y cósmico las temperaturas son muy bajas, que hace un frío que pela, no sé cuántos grados bajo cero.

En el espacio, nadie verá tu hoguera

Así que, aunque no lo pedía el guión, él completó la escena con una hoguera en la que los tres naúgragos espaciales se calentaban. Daba gusto ver a los tres astronautas, allí en su asteroide, tan calentitos, alrededor de una hoguera hecha con ramitas recogidas en su asteroide. Un amigo mío, dibujante, constantemente se quejaba de que en los tebeos los personajes son siempre estereotipados. La chica: guapa; el sabio: con barba y gafas; el pobre: con boina; el rico: con chistera y puro.

Un día tuvo la ocasión de escribirse el su propio guión. Hizo un guión precioso y lo dibujó magistralmente. Era una historia medieval. En una de las secuencias aparecía un viejo árabe que habitaba en una cabaña en medio de un brumoso pantano. Tenía este anciano una hija joven que vivía con él.

Mi amigo decidió hacer una originalidad y, en vez de dibujar la clásica morita guapa y sexy como haría todo el mundo, dibujó una mujer gruesa, fornida, fea, con un poco de bigote, de cabeza rapada... Y en lugar de ponerle un nombre femenino típico - Aixa, Zoraida, Zulema- le puso -otra originalidad- Ramón.

Es importante saber caracterizar bien a los personajes...

- ¿Qué te parece el personaje de la chica?

- ¿Qué chica?

- La chica del viejo del pantano.

- Es un tío. Tiene bigote, músculos, pelos en el pecho... Se llama Ramón. Es un tío.

- ¿Qué pasa? ¿Es que vas a querer saber tú más que yo que soy el autor?

De todos los miles de lectores que leyeron aquella historieta, el único que sigue porfiando, empecinado en que el hijo del viejo árabe del pantano es una chica, es el autor.

Etcétera, etcétera, etcétera... Espero que este pequeño puñado de anécdotas haya servido de ilustración para una mejor comprensión de quiénes somos y de dónde venimos los profesionales del tebeo. Naturalmente, estas anécdotas no representan a todos. Siempre hay, por fortuna, valiosas y abundantes excepciones. Y no siempre se confirma la regla. Que en esta profesión de hacer tebeos hay y ha habido siempre grandes artistas que han dado grandes obras, nadie lo duda. Ahí están sus trabajos. De los méritos de ellos ya se encargan de hablar otros.

Y no quiero despedirme de ustedes sin decirles muy seriamente una cosa que no contradice en absoluto todo lo que les he contado. Igual que digo lo uno digo lo otro: a lo largo de mis 55 apretados años me he codeado con gentes heterogéneas y variopintas; he pisado tabernas y salones y he conocido muy diversos ambientes, algunos de ellos artísticos e intelectuales. Pues bien, en ninguna parte he encontrado tanto talento como entre los profesionales del tebeo. Creánselo. O no se lo crean si no quieren. Están ustedes en su derecho.

Notas Inicio

El copyright de las imágenes son de Carlos Giménez y Editorial Glènat y han sido extraídas de:
Giménez, Carlos. Los profesionales. Tomo 4. Barcelona: Glènat, 2004.

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