La historia de cualquier tipo de producción cultural parte de una definición previa, que delimita en buena medida un punto de vista que sirve como guía. Es posible seguir un recorrido de nombres propios (la historia del arte contemporáneo es muchas veces eso), una sucesión de estilos o un conjunto de condiciones de producción. Hacer un repaso de la historia de la historieta argentina es, en buena medida, revisar las revistas que publicaron historieta: el predominio de la revista de antología sobre cualquier otro formato durante casi todo el siglo XX hace que pueda entenderse el desarrollo del medio a partir de la lectura de una cadena de "grandes revistas", más que de autores u obras que, en muchos casos, ni siquiera han circulado en su país de origen. Con esa idea en mente es que podemos comenzar un recorrido por la historia de la historieta en Argentina hasta llegar al estado actual.
En un breve repaso, es posible marcar algunos hitos. En el origen, puede rastrearse una tradición que se remonta a las publicaciones satíricas del siglo XIX. Las guerras de la independencia primero y las guerras civiles y revoluciones que convulsionaron Argentina hasta, por lo menos, la década de 1880, dieron origen a una activa prensa facciosa, dedicada al ataque feroz al enemigo político. La sátira, la burla, la caricatura, serían armas habituales en estos periódicos, que podían llevar títulos tan sutiles como ¡Muera Rosas!. Estas publicaciones, efímeras y coyunturales, fueron las primeras en publicar ilustraciones y sobre todo caricaturas, e iniciaron una tradición cuyo primer ejemplo profesional es la revista El Mosquito, que comenzó a publicarse en 1863. En las páginas de un suplemento de esa publicación, el investigador José María Gutiérrez (1) ha detectado las primeras secuencias narrativas publicadas en Argentina, probablemente con influencia de las experiencias de Töpffer y sus seguidores en Europa. Pero más allá de estos casos aislados, es la propia aparición de ilustraciones humorísticas en revistas como El Mosquito o Don Quijote (Gutiérrez detecta unas 660 publicaciones de este tipo entre 1880 y 1892) lo que abre las puertas a la publicación de historietas en los años siguientes, en tanto construye un público para un nuevo medio gráfico.
El carácter de esta prensa política (y sobre todo partidaria y combativa), hizo que los diarios modernos, con pretensiones de objetividad y carácter general, se resistieran por mucho tiempo a la inclusión de caricaturas y, más adelante, de historietas. Por otra parte, la cultura argentina recibió, al menos hasta mediados del siglo XX, una mayor influencia europea (francesa e inglesa) que norteamericana, por lo que no se impuso el modelo estadounidense de publicación de historietas en la prensa diaria, y el medio se desarrolló de manera predominante en revistas, especializadas o generales.
El modelo y principal ejemplo de un nuevo tipo de revista que sería vehículo para la historieta lo ofrece Caras y Caretas, que publicó su primer número en Buenos Aires en 1898. Aunque continuó incluyendo caricaturas políticas, no tuvo como principal objetivo la lucha política. Montada sobre diversas innovaciones tecnológicas en materia de impresión, incluyó en sus páginas fotografías, mucha publicidad, notas de sociedad y, además, las primeras historietas argentinas.
Las aventuras de Viruta y Chicharrón, que es considerada como la primera historieta argentina (o al menos, la primera en utilizar el mecanismo popularizado en Estados Unidos del globo integrado a la narración gráfica) se publicó en Caras y Caretas en 1912. Como un ejemplo más de la influencia europea a que hacía referencia antes, la innovación técnica de la historieta moderna no se generalizaría hasta entrada la década de 1920. A pesar de la enorme popularidad de Viruta y Chicharrón, y de que se publicaban en Argentina historietas norteamericanas desde principios de siglo, el mecanismo no dejó una herencia inmediata en obras similares. Casi todas las historietas publicadas por esos años en Caras y Caretas, y en revistas como PBT o El Hogar, (Don Goyo Sarrasqueta, de Manuel Redondo o El Negro Raúl de Arturo Lanteri) responden a la tradición europea de las "historias en estampas" creadas por Töpffer y sus continuadores: relatos gráficos con textos tipográficos al pie, en ocasiones en verso, próximos a cuentos ilustrados, que en Caras y Caretas recibieron el nombre de "cuentos vivos".
En 1928 nace el semanario El Tony, la primera revista exclusivamente de historietas de argentina (que seguiría publicándose hasta la desaparición de la Editorial Columba en la crisis de la década de 1990 que demolió la industria de la historieta argentina). El Tony, basada en la publicación de historietas importadas y en la adaptación de obras literarias, eje de un sistema de legitimación que sería una marca de la editorial, fue un enorme éxito y marcó además el modelo para una explosión de publicación en las décadas siguientes. Las décadas de 1930 y 1940 serían entonces las de asentamiento de la historieta, sus géneros y mecanismos lingüísticos y sus esquemas de publicación. En El Tony, en el suplemento de historietas "a la americana" del diario Crítica y en multitud de revistas que aparecieron en un mercado en expansión se marcaron las líneas de desarrollo de a historieta argentina, en una combinación de historietas importadas (sobre todo norteamericanas) y publicadas sin mayor respeto por sus características originales, por un lado, y una naciente producción nacional que, en función de sus orígenes paraliterarios marcaría la característica verbosidad que durante años fue marca de la historieta argentina.
A los inicios de la publicación de historietas "serias" o "realistas" (la terminología es siempre dudosa) hay que sumar el desarrollo sostenido de las publicaciones de humor gráfico y de historieta humorística. La gran publicación del período sería Patoruzú, la revista dirigida por Dante Quinterno, basada en el éxito de su personaje, el indio Patoruzú, que se publicaba en periódicos. En la revista se consolida un estilo de dibujo (también representado por Lino Palacio en las páginas del diario La Razón) de formas redondeadas y definidas y un tipo de humor fuertemente basado en personajes, por lo general de psicologías constantes y repetidas.
En 1936, en las páginas de Patoruzú, se publicó Hernán el Corsario, de José Luis Salinas, una revolución en el medio y el primer autor canónico de la historieta seria en argentina. Salinas tenía una larga carrera como ilustrador publicitario, pero su admiración por Harold Foster lo lleva a realizar historietas. Salinas incorpora un dibujo y un diseño "modernos" y encuadres cinematográficos a tramas y un estilo de narración con fuerte influencia de la literatura. Buena parte de su obra se publicó por afuera del circuito de la historieta -las adaptaciones de novelas como Los Tres Mosqueteros, Ella y Ayesa o Las minas del Rey Salomón se publicaron en El Hogar, una revista de interés general. Finalmente, fue contratado por el King Features Sindicate para dibujar durante décadas Cisco Kid (alguna vez se lo consideró el sucesor natural de Foster en Prince Valiant).
En los años 40', es posible subrayar dos revistas que serían centrales: Rico Tipo y Patoruzito. Ambas son, en algún sentido, desprendimientos del éxito de Patoruzú. Rico Tipo, porque, fundada por Guillermo Divito, colaborador de Patoruzú, reunió a varios de los mejores autores de la época y renovó algunas formas de humor que comenzaban a anquilosarse: Rico Tipo incorporó a los personajes unidimensionales cierta picardía más a tono con los tiempos, una mayor libertad en la observación social y una mayor libertad formal y estilística para sus autores. Ejemplo de esa libertad es la obra de Oski, uno de los más grandes artistas que haya dado la Argentina (2).
Patoruzito, por su parte es un desprendimiento de la editorial de Quinterno, y se concentra en la publicación de historietas de aventuras, con predominio de autores nacionales como Eduardo Ferro, Guillermo Battaglia y Alberto Breccia, uno de los más importantes autores de la historieta mundial que aquí realiza su primer obra importante, Vito Nervio.
Este período se caracteriza por enormes éxitos de ventas (Rico Tipo y Patoruzito vendían más de 100.000 ejemplares semanales): las revistas, no sólo de historietas, eran una parte fundamental de los consumos culturales de grandes masas de la población, en un período de bonanza econónica y con una distribución del ingreso relativamente equitativa. De manera que Patoruzito, Patoruzú y Rico Tipo eran parte de un paisaje con una enorme cantidad de publicaciones de calidad y exito desiguales. Las publicaciones de Editorial Columba, con su mezcla de historieta y folletín literario continúan su recorrido, sumando el éxito de Intervalo. En este marco, a fines de los años '40 comienza a publicar historietas la editorial Abril, primero con Salgari y luego con Misterix. La importancia de esta editorial es doble. En principio, incorpora historietas de autores italianos que traen las novedades narrativas y de lenguaje de Caniff o Eisner (a través, sobre todo, de las obras primeras de Hugo Pratt). En segundo lugar, será el canal en que comience a hacer guiones el autor central del canon de la historieta argentina, el guionista Héctor Germán Oesterheld.
Carlos Trillo y Guilllermo Saccomano titularon el capítulo 14 de su Historia de la Historieta Argentina (3) como "Algo se muere en los 50". Y definieron: "La década del 50 significa un final, el entierro definitivo de una concepción que decía que el público local era capaz de tolerar (y de aplaudir) cualquier producto importado, traducido a la ligera y amputado de la manera que fuera para asimilarlo a los formatos de las revistas locales"
Y, efectivamente, es en los '50 en que se consolida la renovación impuesta por Patoruzito y las revistas de Abril en la historieta de aventuras, y por Rico Tipo en el humor. La calidad de la producción nacional se pone a la altura del material importado, y, en un sistema de producción todavía apuntado al mercado interno, la mirada local se vuelve un valor determinante.
Editorial Abril decide en 1950 traer a la Argentina a varios de sus autores italianos. Y esa decisión permitirá un encuentro fundamental para la historia del medio: Hugo Pratt y Oesterheld comienzan a producir Sargento Kirk. En el éxito de las historietas de Oesterheld está el origen de la editorial Frontera, fundada por el guionista y de sus revistas Hora Cero y Frontera, en sus formatos mensual y semanal.
La importancia de Oesterheld en este período puede marcarse en varios aspectos. En principio, se rodeó de buena parte de los mejores dibujantes de historietas del momento, que además están entre los mejores dibujantes de la historia del medio: Hugo Pratt (Sargento Kirk, Ticonderoga, Ernie Pike), Alberto Breccia (Sherlock Time, Mort Cinder), Arturo del Castillo (Randall), Solano López (El eternauta), Carlos Roume (Patria Vieja). Esto da cuenta de un hecho fundamental: Oesterheld entendía a la historieta como un medio gráfico, en que la imagen interviene con una responsabilidad fundamental en el relato. A pesar de los extensos textos que utiliza (una marca de la historieta argentina en esos años que se mantendría por mucho tiempo), escribe los guiones pensando en las características del dibujante y resolviendo las secuencias a partir de la imagen.
En segundo lugar, Oesterheld construye historias de una complejidad y una riqueza que no se habían visto hasta el momento en la historieta argentina (y casi eran inexistentes en la historieta mundial: baste comparar la visión de la guerra en Ernie Pike). Aunque sus revistas estaban dirigidas a adolescentes (4) (y no a niños, eso es en buena medida una diferencia) puede pensarse que es con Oesterheld que nace la historieta para adultos. No es casual que su influencia en Hugo Pratt sea determinante para convertir al italiano en un protagonista central de la historieta de autor en Europa. Las historietas de Oesterheld ofrecen personajes de psicologías complejas, recorridos por contradicciones y tragedias y alejados del paradigma del héroe folletinesco de individualismo exacerbado y expuesto a conflictos que pueden resolverse a golpes.
Federico Reggiani